En su edición del domingo pasado, LA GACETA Literaria hizo referencia al Dr. Horacio Vogelfang, de quien puedo agregar un poco de su rica historia como médico cardiólogo. Mi hijo Fernando Aníbal tiene 43 años y sufre una cardiopatía congénita que requirió tres operaciones, desde que tenía 2 años hasta la útima que fue a los 11, realizada por el Dr. Vogelfang en el querido Hospital Garrahan. Las dos primeras las llevó a cabo el afamado y también querido Dr. Eduardo Kreutzer en la Clínica Bazterrica, operaciones  que se hicieron para salvarle la vida a mi hijo, pero que eran paliativas, sin que se actuara sobre el verdadero diagnóstico, que era  estenosis de la válvula y arteria pulmonar. Eso implica  que los pulmones no reciban sangre y, por consiguiente, la muerte del paciente. Pero aquí viene la gran intervención del Dr. Vogelfang: cuando vio a mi hijo para hacerle la operación correctora, dijo que iba a utilizar un homoinjerto, con arterias humanas traidas de Inglaterra, para comunicar el corazón con los pulmones a través de la arteria pulmonar. Cuando la arteria a injertar ya estuvo a disposición del Hospital Garrahan, no se pudo operarlo porque estaba resfriado y hubo que esperar. Mientras tanto, la arteria a implantar estaba siendo mantenida con crioconservación a varios grados bajo cero. Cuando llegó el día de la operación, comenzó a las 9 de la mañana y nos preocupábamos con mi esposa, porque a partir de las 8 habían llevado varios niños a los quirófanos y algunas horas después desde los micrófonos comunicaban a los padres que sus hijos ya habían sido operados. Nos invadió la angustia, porque de nuestro hijo no se decía nada. Hasta que como a las 9 de la noche apareció el Dr. Vogelfang con su indumentaria médica, pálido, para darnos un semblante de la operación. Nos dijo que la arteria utilizada le había quedado corta para su inserción en el pulmón, y que debió hacer malabarismos para alargarla con parte del tejido pulmonar. Así y todo, el paciente perdía sangre y había que verificar la cicatrización con un producto que él mismo había traído de Inglaterra. Agregó su decisión de “cerrar” al paciente alrededor de las 16, pero le preocupaba la pérdida de sangre, por lo que debió andar por los canales de TV de Buenos Aires solicitando sangre (para colmo, mi hijo es RH negativo). Se le hicieron varias transfusiones y luego de varios días dejó de perder sangre. Con la cicatrización del tejido injertado, el corazón y los pulmones comenzaron a funcionar normalmente, salvando las disfunciones propias del estado del corazón de mi hijo, que a media máquina -como digo yo- lo mantiene con vida hasta hoy. En la época de su primera operación, algunos le auguraban vida hasta los 4 o 5 años de edad... Escribo esta carta como un homenaje a ese gran médico y mejor persona que es el Dr. Vogelfang, que cuando operó a mi hijo llegó al límite de estrés y nos dio una imagen del sacrificio que hizo para salvar y mantener la vida de mi hijo, a quien gozo día a día. Agradezco a Dios por haberle dado el Dr. Vogelfang la facultad de salvar tantas vidas.

Juan Carlos Lionti
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